lunes, 18 de julio de 2011
La Chica Del Acantilado No Quería Suicidarse
Le acuchillaban los recuerdos, le castigaban las ausencias. La chica del miedo a la que todos rehuían, la chica que no sabía si vivir o morir. ¿Qué le pasa a la chica del acantilado, que esa brisa acuchilla su bello rostro? ¿Por qué esa dama preciosa desea morir?
La apariencia es el propio engaño. Mis ojos ven aquello que no deben y juzgan, una vez más, clavando mil puñales es su débil corazón. ¿Y por qué nadie me ama? – Susurraba su dulce voz. ¿Por qué todos me juzgan, antes de que mi propio yo se juzgue a sí mismo? Sólo he cometido, mi propio homicidio, el asesinato de mi interior… ¿Por qué, por eso, nadie me condena? ¿Por qué debo castigarme a mí misma? ¿Por qué?
Repercutía su voz en cada rincón del acantilado. Y me juzgan, una vez más, por aquello que no quería hacer. Todos me juzgan por no haber sido como ellos. Todos son el complot social que sutilmente me asesinan, y yo, digna, estoy aquí, esperando a que el compañero que me trajo a este infierno, me devuelva a aquello cuyo jamás debí salir.
Esa chica lloraba, lloraba mucho. Estaba tan desesperada que con cada una de sus ascendentes preguntas, de sus gritos y desesperaciones, lanzaba a ese bello mar, profundos poemas que nadie nunca jamás había entendido. Versos al aire, por miedo a ser desvelados.
Sangres resbalaban en medio de su blanca y fina piel. Lágrimas de caminos retorcidos en sus mejillas. Susurros de amores jamás comprendidos.
¿Por qué, chica, te siento tan adentro? ¿Por qué, soy tan infeliz? ¿Por qué, dime por qué estoy llorando con tus ojos? ¿Por qué, ahora, soy la dueña de tu cuerpo?… Dime, princesa, ¿por qué estoy al borde de un acantilado con mis pies inseguros? ¿Por qué? Porque esa chica soy yo.
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